Mostrando las entradas con la etiqueta Del trabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Del trabajo. Mostrar todas las entradas

Córdoba city

Y al final voy a conocer Córdoba... no porque me vaya de vacaciones ni nada parecido, sino porque mis jefes decidieron al fin capacitarme y no quedó otra que mandarme al norte a ver si me metían algo en la cabeza.

El problema es que voy tener apenas un par de horas entre un día y el otro para conocer algo de la ciudad, y para no perder el tiempo, ¿qué podría ser mejor que preguntarle a un Cordobés el lugar más lindo para conocer? Y como en el trabajo tengo varios, le pregunté al más mayorcito:

- ¿Adónde te parece que puedo ir cuando salga de la capacitación?

Y me quedé esperando que me cantara la justa, el lugar que no podía perderme, el orgullo de un Cordobés fanfarroneándole su provincia a un porteño asqueroso.

- Yyyyy... Al Shopping...

Se viene la noche

Hace unos días, cuando el jefe de los administrativos entró en la oficina de los analistas, si hubiera tenido que juzgar lo que iba a decirme por la cara de espanto que traía, como mínimo, tendría que haber pensado que sonaban las trompetas y que al menos tres de los cuatro jinetes ya le habían mandando un mensajito al celular para avisarle que se estaban por empernar a toda la humanidad. Ante semejante catástrofe, que me soltara un simplón “¡Están todos los registros duplicados!”, la verdad que no me pareció un gran problema.

Resulta que en esos días tenían que cerrar la liquidación para pagarle a los empleados, y como el sistema que calcula el presentismo y las horas extras se había tomado vacaciones, tuvimos que subir todos los datos a mano, y como era de esperarse, hubo duplicados, errores, inconsistencias y otras yerbas.

- ¿Todos los registros están duplicados? -le pregunté.
- Sí, todos, es un desastre -me respondió con la vos dramática de un actor de cuarta.
- Bueno, dejame que lo vea así eliminamos los duplicados.
- Es que no entendés -me miró como si le hubiera propuesto salir a correr en tanga- Es un desastre, están todos duplicados.
- Bueno, dejame que lo vea así eliminamos los duplicados -en este punto ya había encendido el disco y habría repetido lo mismo hasta el fin de los tiempos, pero como el administrativo me conoce, prefirió darse vuelta a lo migré y salió de la oficina.

La “catástrofe” no resultó ser más que un par de legajos duplicados, otros tantos presentes aunque tenían vacaciones y uno que otro que había hecho treinta y dos horas extras en un sólo día.

En realidad no sé de qué me quejo, después de todo, no creo que muchos puedan decir que trabajan con clones de Arnaldo André… aunque a los míos los clonaron en Taiwán e hicieron copias de copias, pero bueno, es lo que hay.

Saliendo del termo

Hace un par de semanas, mientras recorría las líneas con un compañero del trabajo y veíamos un par de sistemas, me dice:
- Buenos, ya que estamos acá cerca, cuando terminamos vamos a comer unas pizzas.
- ¿Estamos cerca de donde?
- De Las Cuartetas.
- ¿Y que es eso?
- ¿No conoces Las Cuartetas?
- ¿Debería conocerla?
- Yo creo que sí, debe tener casi cien años.
- No me jodás, ¿de verdad?
- Ya vas a ver.

Creo que probé la pizza más rica de mi vida, y desde entonces, no pierdo oportunidad de preguntarle a todo el mundo si conoce "Las Cuartetas" con la esperanza de encontrar otro despabilado que ande perdido en el limbo... pero hasta el momento parece que soy el único.

Ahora, ¿si todos la conocían y era tan buena, por qué no decían nada?

El ratón Perez

Más o menos para esta época, pero hace unos cuantos años, había conseguido trabajo en una embotelladora de una gaseosa muy conocida. En ese entonces me dedicaba a la química y tenía que hacer el control de calidad del producto terminado. Básicamente, el trabajo consistía en retirar de la línea una cantidad determinada de gaseosas cada media hora y hacerles varios análisis para ver si todo iba bien. Nada fuera de lo común en esos trabajos, si no fuera porque uno de los análisis decía: “Prueba de gusto”.
- ¿Cómo hacen la prueba del gusto? -le pregunté a mi supervisor el primer día, mientras leía la lista de tareas, imaginando alguna máquina o algo parecido.
- De la única forma que se puede hacer -me respondió-. Tomando un trago.
- ¿A cada una?
- Sí
- ¿Cada media hora?
- Sí
- ¿O sea que tengo que tomar un trago de gaseosa cada media hora durante doce horas? -los turnos eran de doce horas corridas. Y aunque en una primera impresión lo de tomar un trago de gaseosa cada media hora puede parecer un beneficio, yo sabía muy bien que no lo era.
- En realidad -replicó mi supervisor- la norma recomienda hacer un buche y no ingerir el líquido, así se evitan malestares estomacales.
Aunque era mi primer día, no lo miré con mucho cariño.
- ¿Y con los dientes qué hacemos?
- Y bueno, una cosa u otra -me miró y me regaló una bonita sonrisa inglesa.

¿Habrá hecho algo?

Hace algunos años -unos cuantos por suerte- trabajaba en un callcenter que vendía un sistema de alarmas de esos que se conectan con una central telefónica. En ese entonces, mi tarea era llamar a un listado interminable de personas e intentar convencerlos de que compren el servicio -la alarma iba en comodato-. Nadie lo compraba, obviamente, porque además de caro era malísimo.

Entre una de las cosas que debía decir -según los cursos que un par de ladris pseudoconocedores de telemarqueting nos impartían una vez por semana- estaba la pregunta desubicada: "¿Pero señor/a, a usted alguna vez lo/la asaltaron en su casa?" Y todos, invariablemente, me soltaban la obvia: "No, jamás, en ningún lado, nunca". A lo que les respondía: "Bueno, me alegro mucho... " y seguía con la cantinela prefijada porque la idea era que respondieran eso.

Pero después de hablar con un promedio de cien personas por día y de repetir lo mismo una y otra vez durante unos cuantos meses, podríamos decir que mi cabeza dejó de funcionar del todo bien. Y así, un día, una señora se sinceró espontáneamente y en lugar de decir lo mismo que todo el mundo, me dijo: "La verdad que sí, hace poco, y casi nos matan" y yo, que iba con el disco encendido, seguí como si nada: "Bueno, me alegro mucho... "

El silencio que siguió a esa frase fue irremontable.

Tecnología de punta

En uno de mis últimos trabajos me tocó un compañero que, según me contó, en la empresa donde trabajaba antes -una fábrica de vidrios- tenían una vieja computadora con el sistema de tarjetas perforadas. Superado el asombro y los "no me jodás, dale", o los "tengo cara pero no soy tan...", le pregunté:
- ¿Pero y en que año dejaron de usar esa cosa?
- ¿Dejar de usar? -me miró, confundido- Si cuando me fui todavía la usaban.

Alarma que no haz de escuchar... déjala sonar

Hace unos días, en la empresa donde trabajo, se activó una alarma sonora de choque, y como yo había sido el culpable –aunque no responsable– de la activación accidental, me quedé en el lugar a la espera de todavía no sé muy bien qué.

En un primer momento me imaginé al grupo Halcón, a la Gendarmería y a la Federal entrando por las ventanas, descolgándose del techo o brotando de las baldosas al grito de “¡Todo el mundo al suelo!”, pero cuando pasaron más de cinco minutos y la muchachada no se presentaba, recordé que el grupo Halcón es sólo para los secuestros, y como la Gendarmería y la Federal no son de gritar tan alto, me podía ir olvidando de esas entradas tan dramáticas.

A los diez minutos me convencí de que la demora era comprensible, más si tomamos en cuenta que la Gendarmería está –o debería estar- cuidando la frontera, y que entonces eso nos dejaba sólo con la Federal, y no sé porqué en ese momento me vino a la mente la imagen del jefe Górgory, Homero y las rosquillas.

Unos quince minutos después de soportar la alarma ensordecedora, acepté que había más posibilidades de que apareciera el chapulín colorado con su chipote chillón, a que alguna de las fuerzas de seguridad de la republica se apersonara al lugar del hecho.

A los veinte minutos –poco más, poco menos, a quien le importa- el corte por alta temperatura se apiadó de mis oídos y desactivó la alarma. A esa altura ya no me zumbaban los tímpanos, directamente me campaneaban una obertura completa, con bombos y platillos.

¿Pero qué importancia puede tener esto? A diario suenan tantas alarmas que nadie escucha. Y la verdad es que no tiene ninguna importancia, es cierto... si no tomamos en cuenta que el lugar donde trabajo es una empresa de transporte público de pasajeros donde transitan una media de 400 mil personas por día.

¿Y qué hizo la gente cuando sonaba la alarma? Absolutamente nada, a tono con todo el resto.