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¡No me saquen de contexto!

El otro día en el colectivo iba hablando con un amigo sobre el L2 y un par de cosas pendientes que tenemos que hacer en el juego. La charla empezó de la nada porque ya lo veníamos hablando de antes y fue más o menos así:

- Hay que usar un enano   -dije yo así de pronto.
- Y sí    -confirmó mi amigo mientras asentía con la cabeza.
- Viste que para esas cosas son mejores, los pones a laburar y le dan y le dan hasta que lo consiguen.
- Para esas cosas van bien, viste que mucho en realidad no sirven.
- Claro, son medio una mierdita   -y agregué-.   Además, ¿a quién le gustan los enanos?
- ¡A nadie!   -largó una carcajada-.   Si son un garrón, no sirven para nada.

Y ahí nomás se dio vuelta una señora   -tirando a señorona-   que estaba en el asiento de adelante y nos miró con una cara de culo de antología. En ese momento no supe qué le pasaba y cuando volvió la mirada al frente, nos miramos extrañados con mi amigo y seguimos la charla. Recién cuando bajé del colectivo e iba camino hacia el trabajo me di cuenta de lo que había pasado.

Ahora, cuando me vengan a buscar del INADI, no sé ni por dónde voy a empezar con las explicaciones.

Clases bizarras

— El otro día tuve la clase de teoría de sistemas.

¿Y que me importa? —podrá pensar cualquier desprevenido que lea esto, y tendrá razón.

Entonces agrego:

— El otro día tuve una clase de Teoría de sistemas y vimos la teoría del caos, entropía, los estados de equilibrio y esas cosas medio abstractas que buscan ponerle nombre a todo.

Emmmm… ¿y qué soberano carajo me importa? —podrá impacientarse con derecho y sin dudarlo.

Y entonces completo:

— El otro día tuve una clase de Teoría de sistemas y vimos la teoría del caos, entropía, los estados de equilibrio y esas cosas medio abstractas que buscan ponerle nombre a todo… y el profesor que daba la clase tenía hipo.

¿WTF??????????????????????????????????????

— Sí sí, hipo, de ese que hace ruido y corta las palabras, h-i-p-o hecho y derecho… ¡y durante las cuatro horas que duró la clase!

Por eso decía:

— El otro día tuve la clase de Teoría de sistemas.

¿Y los tranvías?

La verdad es que me enamoré de córdoba en dos días, y eso que de entrada me saludó con una desilusión de aquellas. Resulta que, por alguna razón que desconozco, en mi imaginación los tranvías y los trolebuses ocupaban el mismo lugar, o sea, pensaba que los tranvías y los trolebuses eran lo mismo: una especie de tren de unos pocos vagones que recorre las calles sobre una vía.

Desde que supe que me iba a córdoba, me la pasé rompiendo con que iba a viajar en trolebús y estaba re contento por eso (es una pavada, ya lo sé, pero bueno, estaba contengo igual).

Pero cuando bajamos del micro y tomamos un taxi para ir al hotel, nos encontramos de lleno con un trolebús, y como había bastante transito, sólo llegué a verlo de la mitad para arriba: las ventanas y la catenaria conectada a los cables.

- ¡Ahí va uno! -le dije a mis compañeros que ya las tenían por el suelo de tanto escucharme, y en ese momento, como si me estuviera provocando, el trole se mandó para el cordón.

Me quedé con la boca abierta, ¿cómo podía esa cosa que va sobre vías arrimarse así al cordón? Bueno, cuando el taxi pasó por al lado pude entender que tenía ruedas y no había vías y que por eso había podido arrimarse.

Los trolebuses son simples "bondis" con una catenaria y un motor eléctrico.



Si de chico, sentado frente al arbolito de Navidad a la espera de los regalos, alguien me hubiera dicho que Papá Noel no existía... no me hubiera desilusionado tanto.

La biblioteca

En mi casa, cuando era chico, teníamos una biblioteca que dividía la sala de estar con la cocina; era un gran mueble de madera que llegaba hasta el techo y que el peso de los libros había deformado hasta el límite. Pero los años pasaban y la biblioteca nunca terminaba de decidir si debía desmoronarse del todo o sólo doblarse un poco más; los tablones se habían arqueado y doblado en ángulos contranatura, y los tirantes que supuestamente debían mantenerla erguida se habían virulado como si fueran de cera derretida.

Cada vez que alguien llegaba a mi casa se hacía medio complicado explicarle que ese mueble gótico no era moderno ni salido de un cuadro del desorejado Van Gogh, sino una simple biblioteca que mi viejo había hecho con madera berreta y que el tiempo se había ocupado de moldear a su antojo.

Y tal vez por eso, cansado un día mi viejo de que la gravedad, las leyes de la física y el tiempo no se pusieran de acuerdo, arrancó al engendro y en su lugar armó una nueva biblioteca con exagerados listones de madera de una pulgada y media.

Hoy en día, el nuevo mueble sigue impasible a los embates del tiempo, recto e inmutable, tanto así, que podríamos apilar motores en lugar de libros y no habría diferencia; incluso creo que si las vigas de la casa cedieran la biblioteca la sostendría sin arquearse ni un poco.

Cada vez que ahora alguien llega a mi casa no dice nada acerca del portento ahí erguido, tal vez por su forma rígida y adusta, o por su incomparable capacidad para pasar inadvertida como una simple biblioteca que no se dobló ni dejó que la doblara el peso del tiempo.

Si alguien me pregunta, lo cierto es que un poco extraño al viejo engendro siempre a punto de derrumbarse, porque en cierto modo era como si tuviera en mi casa una réplica de la torre de pisa hecha de madera aglomerada... y porque no volví a ver en ningún otro lado a un biblioteca tan deforme, retorcida ni tan perseverante contra el tiempo.

Daltónicos anónimos

Tal vez haya sido por el frío del sur, el agua o quien sabe, pero cuando el maletero me preguntó el color del bolso que tenía que bajar, le respondí sin dudar:
―Es verde oscuro… bien oscuro.
―No podés viajar hoy ―repitió el chofer― el micro sale completo.
Me devolvió el boleto.
―¡Pero hubo un error, tengo que viajar hoy!
―El boleto es para mañana a esta hora ―se dio vuelta.
El maletero se asomó y me volvió a preguntar:
―¿Estás seguro?
―Sí ―le dije― es verde oscuro… bien oscuro.
―Tengo que viajar hoy ―volví a decirle al chofer, pero ya se había sentado y amagaba con cerrar la puerta― ¿No entendes que hubo un error?
―¿Y vos no entendes que no hay lugar?, ¿dónde queres que te lleve? ―ahí me imaginé viajando en un banquito en el pasillo de un micro de dos pisos.
―Al menos esperá que encuentren el bolso ―atiné a decirle cuando cerraba la puerta en mi cara. Una cosa era quedarme un día más en la calle, y otra muy diferente era quedarme un día más en la calle y encima sin el bolso… o al menos, en ese momento me parecía que había diferencia. Lo único que me quedaba en el bolsillo, luego de dos semanas de vacaciones, eran ochenta centavos, el valor del boleto desde retiro hasta mi casa.
―No hay ningún bolso verde acá adentro ―reclamó el maletero.
―Sí, es verde oscuro… bien oscuro, está ahí, lo subieron hace unos minutos.
―Dame el comprobante ―me dijo, molesto, y asomó el brazo entre una pila de bolsos.
―Estoy seguro ―le di el comprobante― fue uno de los primeros.
Volvió a perderse en la interminable pila de bolsas. Me subí con él para ayudarlo a buscar, después de todo, el micro no se iba a ir con la baulera abierta y dos personas adentro. Aunque si seguíamos demorando la partida, era muy probable que nos vinieran a buscar y nos bajaran a patadas.
―¡Te dije que no había ningún bolso verde! ―gritó el maletero con tanta bronca que si me hubiera tenido a tiro, me pegaba una trompada― ¡Es marrón! ―lo sacó del fondo de la pila y lo revoleó al suelo.
Era marrón, no había duda. En ese momento llegó corriendo el empleado de la ventanilla.
―Hubo una cancelación y te reimprimí el boleto ―dijo, agitado, con varias planillas en la mano y golpeó la puerta del micro― ¡Sube uno más!
Miré al maletero, que recién acababa de cerrar la baulera.
―Tengo que subirlo de nuevo ―le dije, esperando un rosario de insultos, pero no dijo nada, sólo me miró, como si fuera un caso perdido; con una mano abrió la baulera, con la otra agarró al bolso de una punta y lo revoleó hasta el fondo como si no pesara nada. Y nunca dejó de odiarme, ni siquiera cuando la pila se desmoronaba y él cerraba la puerta un instante antes de que la avalancha de colores se desparramara en el suelo.
Me subí al micro, me senté al fondo, al lado del baño; no me iba a quedar en una plaza toda la noche, pero más o menos era lo mismo; me dormí todo el viaje, las veinticinco horas.
Cuando llegamos a Retiro, uno de los empleados me preguntó si me acordaba el color del bolso, así podían encontrarlo más rápido.
―Verde oscuro, bien oscuro… ―le respondí― casi marrón.

El pelícano botón

Estábamos llegando tarde al extinto Ocean I, así que ni bien entramos, mi amigo se mandó directo a la ventanilla:
- Por favor, dos para la muerte del pelícano.
El vendedor nos miró como si hubiéramos salido de un termo.
- ¿No será el informe pelícano?
- Bueno... dos para esa entonces.

El tren de la costa... de retiro

-¿Cuánto sale el boleto?
-¿Y adónde vas? -me preguntó el boletero.
-No sé -me extrañó la pregunta- ¿Cómo adónde voy?
-Sí, ¿adónde vas, pibe? No salen igual todos los boletos.
-Ah, ¿no?
-No.
-Bueno -le dije y con la mano hice como un remolino en el aire-, para dar toda la vuelta, ¿cuánto me saldría?
El boletero me miró con cara de pocos amigos.
-¿Qué?
-Sí, a dar la vuelta, ¿se puede?
-¿Qué vuelta queres dar, pibe?
Volví a hacer el remolino con la mano.
-No sé, la vuelta.
El boletero se quedó en silencio durante un largo rato.
-¿Pero vos te pensas que esto -señaló para arriba- es el Tren de la Costa?
-¿Qué, no lo es?
-¿Me estás cargando?
-No, no.
-¿De verdad te pensas que esto es el Tren de la Costa?
-¿No es?
-No, pibe, no es -se acercó más al vidrio que, por suerte, nos separaba-. Este va a Retiro, ¿entendes?, a Retiro.
-Ah...
-Vos tenías que doblar para el otro lado, por donde entraste pero para la izquierda -me señaló para la salida.
-¿Para allá?...
-Andá para allá, doblá para el otro lado y cruzá el puente que está sobre la avenida... ahí es el Tren de la Costa, pibe, ahí es. ¿Cómo va a ser acá?, ¿me estás cargando?

Salí de la boletería, convencido de que muchos confundirían al Tren de la Costa con uno que va a Retiro si no hay carteles que indiquen qué es cada cosa. Un linyera que dormía al costado del andén se desperezó y me miró como desorientado. Tal vez él también se había equivocado.