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Don Gregorio

Dicen los que ahora son viejos, que en el oficio de la música no hay nada más difícil que un silencio bien armado. Y muchos cuentan que en otros tiempos, antes incluso de que existieran los discos y las gentes se pusieran a escucharlos a la inversa en busca de ideas maquiavélicas o cánticos al demonio, los músicos más versados eran los que habían egresado del normal número cuarenta y cuatro de Don Torcuato. Posiblemente fuera porque el maestro Gregorio ya era viejo en esa época y había escuchado aquello de que los silencios eran complicados. Y tal era así que en sus clases, cuentan los que recuerdan, armaba ensayos completos con los silencios más intrincados. Escribía en el pizarrón como un desaforado tirando líneas de pentagramas interminables que luego llenaba de silencios y de tresillos fantasmales, de blancas y de redondas mudas, e incluso de esas cuadradas que ya no se usan por respeto. Y a los alumnos los obligaba a copiar todo lo que escribía, y era muy severo. No aceptaba errores de ninguna clase, por eso hacía pasar a los alumnos al frente y les pedía que solfearan los entuertos que había garabateado.