Hace siete años el país estaba quebrado, había perdido el rumbo -que nunca tuvo claro- y todo parecía indicar que al fin los gobiernos de cartón, títeres absurdos, los militares asesinos e ignorantes, los políticos corruptos y el pueblo indiferente se las habían arreglado para hundir a un país que hace apenas cien años se perfilaba como una potencia mundial. No fue fácil, pero entre todos lo logramos.